jueves, 17 de marzo de 2016

Pagafantas

Que decir, si amor hace el corazón tan grande que lo vuelve débil. Si lo usa como cautivo en una lucha interminable y lo hace tan ignorante que no es capaz de sumar dos más dos. Consigue que tu mismo te pongas las cadenas y no te duele que aprieten, lo único que te duele es que pueda irse.
Tan ignorante fui que me enamoré, pero no tan listo como para no hacerlo. Yo que nunca dudé de mi inteligencia y que tanto presumí de que nunca me conquistarían. Yo que tantas veces dije que nunca encontraría a nadie pues quería como fiel compañera a la soledad más profunda. Yo, yo que fui tan tonto de creer cada palabra y cada sentimiento, comprendí que sólo era un ignorante más.
Prometí olvidarte, ni si quiera pensaba que pudieses fijarte en mí, pero así que como buen gilipollas que soy te ayudé en cada llanto que le dedicabas. Comprendía que decías, porqué llorarabas, porque no dudaste de él.
Agarraba tu cuerpo cuando resbalabas hacia el precipicio y tiraba tan fuerte de nosotros que yo también caía, pero estábamos a salvo, siempre a salvo. A pesar de que la corriente nos llevaba más allá, sabías muy bien como desplegar el salvavidas y no nadar contracorriente.
Con cada paso sentía como nos acercábamos, oía incluso tu suspiro más callado, pero no sabía que hacer, así que agarraba tu mano y me dedicabas una sonrisa.
Cada día era una oportunidad, un te quiero, un beso en la mejilla, pero hay muchas formas de querer y yo no las sabía todas.
Pronto encontraste un nuevo camino, otro príncipe que te llevase a su castillo, y yo como comerciante de palabras tuve que elegir el camino más sencillo, a pesar de saber que nuestros caminos nunca se enredarían.
Al final como al principio, tu en tu castillo con príncipe de elegante figura y yo escribiendo textos a quien un día amé.
Tan ignorante fui, que también amé.

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